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jueves 29 de noviembre de 2007

La aparición del Guacho

En los almuerzos dominicales en la casa de mis abuelos, dentro de los mil y un chistes familiares, aparecía “El Guacho”, entre risotadas y recuerdos.

Mis abuelos pertenecían a una época y nivel social, en los que era común, más no correcto, que el marido tuviera una “sucursal”, es decir, otra señora con hijos, la “otra” y los “guachos”. Entonces las discusiones matrimoniales y los celos de mi abuela rodeaban ésta idea. Cuando la plata no alcanzaba: “Seguro que te gastaí la plata en el guacho”. Si mi abuelo llegaba tarde: “¿Anduviste viendo al guacho?”. Si salía a trabajar el sábado en la mañana: “¿Vai a pasear al guacho?”.

Mi madre y sus hermanos eran chicos y éstas discusiones y celos ya no les llamaban la atención, eran el pan de cada día.

Pasaron y pasaron los años y “el guacho” nunca apareció.

Nos sentábamos a almorzar en domingo y empezaba la risotada. “Ya poh papá presenta al guacho”, “¿Oye y qué edad tiene el guacho?”, “Si mi papá nunca me ha querido, si quiere al puro guacho no más”, todos nos reíamos, casi todos, mi abuela no se ponía muy contenta.

Mi Tata un día en su propia defensa dijo: “¿Qué guacho, cuál guacho? Si la plata no me alcanzaba porque ustedes (los hijos) son ocho, llegaba tarde porque trabajaba extraordinario para sacar más sueldo, no hay guacho, se acabó”, se produjo un silencio profundo, hasta que uno de mis tíos le dijo: “Papá ¿Cuándo vamos a conocer al guacho?” y explotó la risotada. El chiste nunca terminaba.

Luego de una larga agonía, mi Tata murió un 5 de enero de 2004 y mis tíos y tías se encargaron de organizarlo todo, el velorio, el funeral, etc.

Una vez terminados los trámites y avisada toda la gente, se fueron al velorio. Se sentaron alrededor del féretro. Se tomaron de las manos. Rezaron.

En un momento de máximo silencio, entró una mujer de unos 40 ó 45 años de edad, morena, de pelo crespo, llorando. Se abrazó del cajón y gritó: “Papito ¿Por qué papito, por qué me dejaste sola?”. Todos en el velorio estaban estupefactos, la mujer lloraba a gritos, las lágrimas le brotaban a mares y nadie la conocía. Todos se miraron y murmuraban “Apareció el guacho”. El mito se había vuelto realidad, las sospechas de mi abuela eran ciertas, de verdad existía otro hermano, ¿Serían más?, ¿Cómo se llamaría?, ¿Qué edad tendría?. En medio de la pena por la muerte de mi Tata surgió la incertidumbre y la duda. Nadie se acercó a la mujer, nadie se atrevía, todos esperaron a que se calmara un poco. Se secó las lágrimas, se sonó los mocos y miró a su alrededor. Al ver a la gente dudó un poco y se extrañó. Terminó de sonarse y se volteó nuevamente al féretro para mirar detenidamente el rostro de mi Tata. Su expresión de sorpresa aumentó. Miró a mis tíos y les dijo: “Perdón, me equivoqué de velorio”. Salió rápidamente, cerró la puerta y explotaron las risas.
El Guacho nunca apareció pero el chiste había durado tantos años que merecía este final apoteósico.

viernes 2 de noviembre de 2007

Tengo ganas...

"Tengo ganas de emborracharme contigo, no importa si no pasa nada

sólo conversar y reírnos"... Anónimo

¿Por qué nunca hacemos lo que queremos?